Resumen: Se expone brevemente el pensamiento político de Hobbes y su relación con la psicología política, el uso del miedo para el ejercicio del poder y la creación de la necesidad de una fuerza que controle el caos social.
Palabras clave: miedo, estado de naturaleza, psicología política
La teoría política de Thomas Hobbes (1588-1679) constantemente recurre a conceptos de naturaleza psicológica para explicar el fenómeno del poder (representaciones, deseo, etc.). Su obra la desarrolla como la preocupación de un hombre culto (de formación matemática) por las secuelas destructivas para la población civil de la rebelión contra Carlos I por parte del movimiento de Cromwell. Más allá de esta accidentada trayectoria consideramos que muchos de los actores de las instituciones políticas contemporáneas, especialmente aquellas que defienden a ultranza la economía de mercado, enmarcan explicación de los acontecimientos políticos y el actuar de los sujetos, especialmente de sus propias acciones políticas, dentro de los marcos explicativos sugeridos por Hobbes en su Leviatán.
Thomas Hobbes concibe la relación entre personas y mundo desde una perspectiva mecánica, así la materia, que es a la vez movimiento y apariencia, genera causas, activando los sentidos, el sistema nervioso, el cerebro y el corazón, dando lugar a “representaciones” que son básicamente de dos tipos: de placer y dolor, las cuales motivan en los seres humanos un deseo insaciable de “honores” o deseos, dando nacimiento al hombre natural, quien se caracteriza por buscar el placer y alejarse del dolor (Parte I del hombre, I, II III), (Hobbes, 2005).
Considera que todos los seres humanos, hasta los que parecen más indefensos, poseen alguna forma de poder, pues éste es polimorfo, y todos actúan para conseguir los limitados objetos de placer que hay en el mundo; de esta miseria y escasez resulta la esencia de nuestras interacciones: el conflicto Esta es la razón que hace a toda persona potencialmente peligrosa para otro ser humano: Homo hominis lupus, el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes, 2000), de donde se deriva la guerra de todos contra todos, creando un mundo donde la vida es breve, mortal y siniestra (Parte I del hombre, XIII) (Hobbes, 2005).
El miedo es la condición afectiva prototípica de las interacciones humanas, cuando éstas se mueven al margen de los cauces legales. Pero este mismo miedo es la condición para que la colectividad invoque el nacimiento del Estado, que protege y aplica la ley, logrando que nuestro miedo, al menos en parte, se diluya.
Pero el Estado no actúa sólo por medio de la violencia, pues éste procede con “la espada” y “la iglesia” (que aparecen en el grabado de la edición original del Leviatán representados en las manos del soberano: la espada y el báculo del pastor de las almas de dios) como símbolos del dual ejercicio del poder: coerción externa e interna. Por un lado el báculo o la “Iglesia”, la consideramos como una metáfora que expresa el conjunto de creencias y representaciones, de carácter moral y religioso, que derivan en la autolimitación y autodisciplina de cada persona, pues su significado se compone de nuestra capacidad de ejercer venganza, y por otro lado todos los sentimientos negativos a los que las personas renuncian con el fin de sentirse protegidos, es decir su renuncia a la venganza y la enajenación de esta capacidad, cediéndosela al Estado. La espada es, por supuesto, la violencia para aquellos que no sepan autogobernarse.
El poder del Estado fluye de esta representación colectiva, El Leviatán deriva su poder de incentivar nuestro imaginario, montando escenarios de nuestra destrucción total, a menos que apelemos a nuestro salvador: el Estado. Nuestra imaginación es aquella parte de nuestra subjetividad que a la vez nos hace destructivos y nos provoca miedo, pero que también funda las instituciones de seguridad a las que acabamos dócilmente sometidos.
Para Hobbes la Iglesia, institución terrenal disfrazada de sacra, opera con la misma estrategia que el Estado, pero ya no invoca al miedo a ser víctima del delito, el asesinato o la pérdida de los bienes, sino a miedos míticos del imaginario colectivo: las eternas torturas del infierno. También hay un salvador mítico para estos temores, sólo que la Iglesia se ha arrogado su representación.
El poder y la permanencia de la Iglesia a lo largo de los siglos emergen de su capacidad de formar el pensamiento y la imaginación social, al explotar el reino de las tinieblas, que para Hobbes significan superstición e ignorancia (Parte IV el reino de las tinieblas) (Hobbes, 2005). El monopolio de la educación, o por lo menos influir poderosamente en ésta, es una de las condiciones de su permanencia como una institución fuerte en el tiempo.
La actualidad de Hobbes reside en que muchas instituciones políticas modernas, que ni siquiera forman parte del Estado, recurren a la invención de peligros que derivan en miedo y en la creencia de nuestra inevitable liquidación, y esta secuela de imágenes se convierten en apoyo para las políticas de seguridad del Estado: entre mayor es el miedo, mayor es la autoridad que otorgan las personas a estas instituciones. No quiero decir con esto que no existan peligros; sin embargo, los alcances de estos se exageran o peor aún: sus orígenes se hacen nebulosos para la percepción común.
Gramsci hablaba de los Arditi, tropas especializadas de asalto que operaban en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, las cuales irrumpían con ataques sorpresa nocturnos de granadas para inmediatamente lanzarse entre la confusión del humo y el miedo, acuchillando a todo lo que se moviera (Francescangeli, 2016).
Los Arditi continuaron actuando después de la guerra, reclutados por la extrema derecha italiana, y continúan existiendo, para hacer ataques sorpresa entre los humos de los rumores, la sistemática desinformación y el miedo, para hacer su cosecha de muerte y, de esta manera, trastocar nuestra vida cotidiana para llevarlas detrás de los márgenes de la legalidad (regresando al Estado de naturaleza); consiguiendo así que en la imaginación popular se haga vital “para la nación”, el otorgamiento a los representantes del Estado de poderes extraordinarios y metaconstitucionales para salvar al pueblo de esta situación que ellos mismos organizan y ejecutan desde la clandestinidad de los sótanos del Estado.